Desarraigar la corrupción: lecciones locales, estrategias globales

Hablar acerca de la corrupción se convierte en asunto de tratamiento cotidiano y muchas veces ligero, cuando es todo lo contrario: un problema serio, denso y complejo. Uno de los errores principales cuando se aborda la cuestión consiste en asociar la responsabilidad de su comisión, a las instituciones que fueron descubiertas o involucradas en escándalos de esta índole. Además, existe una tendencia mayoritaria a creer que es exclusiva del sector público, lo cual desconoce y pretende hacer invisible su presencia en el sector privado o en las prácticas habituales.

En algunos casos, se llega al extremo de percibir los actos de corrupción con normalidad, creyendo que forman parte de la dinámica de las organizaciones o, incluso, de lo que se hace necesario para alcanzar determinados resultados o recibir servicios o atenciones que, si la realidad fuera otra, estarían a disposición de todos en igualdad de condiciones. Cuando esto ocurre, la eficacia de la sanción social contra la corrupción se diluye, pierde fuerza. Su deber ser como primera frontera para combatirla, pasa al último lugar, transformándose en un débil escollo que suele ser superado con sencillez, ante lo cual aparece la incapacidad para denunciar, cuestionar o rechazar el comportamiento corrupto.

Así, resulta todavía más evidente que la corrupción se traduce en desigualdad, inequidad y en una barrera de acceso a las oportunidades que el sistema, en todos sus órdenes, debía proveer para cada persona sin distinción alguna.

A esta altura, resulta imprescindible distinguir que la presencia de prácticas de la corrupción no es responsabilidad de las instituciones, empresas u organizaciones. Es responsabilidad de las personas que están a su interior, quienes aprovechan su cargo, medios, poder o funciones para adelantar gestiones que les reporten beneficios irregulares, principalmente económicos, a sí mismos o las personas o asuntos de su interés, los cuales no les sería dable alcanzar por medios ordinarios o tradicionales. Entonces, la corrupción se convierte en herramienta de las personas, de quienes toman las decisiones u orientan los procesos, no de las instituciones, de los sectores en particular ni del sistema en general.

De acuerdo con el índice anual 2016 sobre precepción de corrupción elaborado por Transparencia Internacional, Canadá está en capacidad de convertirse en un modelo mundial a seguir, pues ocupa el honroso primer lugar entre todos los países de las Américas respecto de prácticas limpias, y el noveno entre las ciento setenta y seis naciones analizadas. Obtuvo una calificación de ochenta y dos puntos positivos sobre cien. Colombia, con pesar, aún está muy lejos de igualar esas cifras. Quedó en el puesto noventa, sin reportar ninguna mejoría durante los últimos tres años, al conservar los mismos treinta y siete puntos sobre cien, los cuales alcanza invariablemente desde el 2014. Sin duda, habrá quien, al tomar estos datos, los lea con otro enfoque y, celebrando con ellos, argumente que “al menos no hemos retrocedido”. Incluso, podría ser válido conformarse con esta perspectiva, dependiendo del propósito.

No obstante, nuestro planteamiento defiende un modo diferente de comprender el fenómeno. Hay que combatirlo desde dentro para obtener resultados, movilizando la conciencia colectiva y las individuales. Es por ello que, desde nuestro campo de acción como Partido Político, promovemos la praxis de los valores en la política: un mecanismo eficaz de lucha contra la corrupción.

Esta construcción se sustenta sobre tres pilares fundamentales. El primero es concebir la política como práctica y expresión constante de auténtica vocación de servicio. No cabe su ejercicio, desde ningún punto de vista, en calidad de instrumento de beneficio personal. El segundo promueve la participación de la mujer, haciendo tránsito del discurso a los hechos, demostrándolo, en especial, al hacer posible su ingreso a cargos y corporaciones públicas desde los cuales incida, construya y aporte a la elaboración de las decisiones que a todos conciernen. Finalmente, el tercer pilar se concentra en el fomento de oportunidades reales que sean, para todos, manifestación tangible de equidad, vida digna y generación de ingresos.

Miembros en el congreso de Colombia del Partido MIRA. Se han caracterizado por su transparencia en todos los aspectos.

Para nosotros es claro que resolver la problemática de la corrupción como hecho, supera el debate de los “cambios en el sistema” o del “aumento del nivel educativo”. La práctica del acto corrupto no hace diferencia en si el individuo obtuvo un doctorado o cuenta con niveles básicos de formación; no distingue estratos sociales ni regiones geográficas; no declina solo por el sistema social, económico o político imperante. En tal sentido, el trabajo en su contra debe ser dirigido a la verdadera buena educación del individuo, la formación en valores, la aprehensión íntima de concepciones realizables entre las cuales se cuentan: honestidad, lealtad, solidaridad, respeto por los semejantes y los derechos que les son propios.

La puesta en marcha de esta filosofía ha permitido que el Partido Político MIRA se haga merecedor, de forma constante, a los primeros lugares en prácticas de transparencia, fomento de la participación y buen manejo de los asuntos públicos, reconocimientos que han llegado procedentes de entidades y evaluaciones externas, tanto en Colombia como fuera de ella. Hay, pues, autoridad para hablar y proponer.

Por último, en términos de lucha contra la corrupción, solo basta añadir que es necesaria una respuesta, social e individual contundente, producto de la incorporación de los valores en cada acción cotidiana. Es un trabajo permanente y satisfactorio.

Por: Carlos Alberto Baena López

@Baena